Cantos de sirena

Diamanda Galas en concierto

La artista norteamericana de ascendencia griega anonadó con su voz imposible al Palacio de festivales de Santander.

Una crónica de Fernando Ganzo

Quién: Diamanda Galas
Dónde: Palacio de festivales (Santander)
Cuándo: 11 de abril de 2008

La actuación de Diamanda Galás en un atestado Palacio de Festivales (en la Sala Pereda, más reducida, todo sea dicho) comenzó sin engañar a nadie. Su lastimoso piano era sobrevolado por una potentísima voz que, multiplicada en los momentos más demenciales por una etérea reverberación, inundaba todo el recinto. El potentísimo juego no ocultaba su trabajo vocal, más bien lo enriquecía, aunque habría sido interesante presenciar esos momentos de una forma más natural.

Esto provocó actitudes diversas entre el público. El gesto de taparse los oídos se repitió en varios momentos por razones obvias, pero ello no impidió que los aplausos fueran mayoritarios en la actuación de la norteamericana, que presentó su nuevo Guilty, guilty, guilty… (Mute Records) de riguroso luto y lúgubre aspecto, con difícilmente reconocibles versiones de Edith Piaf, Frank Sinatra, Georges Deleure o Johnny Cash, totalmente deformadas, y sobre las que ejercía una peculiar hibridación de géneros y estilos difícilmente definible.

Pero más que una catarsis, nos encontramos ante un juego de corte experimental. El tono relajado y cercano de su voz en la pausa a mitad de concierto para alabar las bondades y bellezas de la capital cántabra y los organizadores contrastaba enormemente con el (visto ahora) afectado oscurantismo de su interpretación. La poliglotía de un concierto donde se pasaba sin solución de continuidad de los temas en inglés al francés, español, griego, ruso… venía a demostrar que Diamanda expresa sólo con su voz, no necesita de la fuerza significativa de las palabras para epatar. Ese instrumento sublime que son sus cuerdas vocales basta para entonar unos auténticos cantos de sirena.

Por ello, aceptadas las reglas del juego; pasando por alto que Diamanda quizá no se sienta tan "guilty", el espectador puede sumirse en el juego escénico de esta arpía que tan pronto alzaba el vuelo con su voz por encima de la tétrica humareda que la rodeaba, o tejía su red de viuda negra entre los juegos de luces que agujereaban el escenario en el tema central de su actuación (y de su disco). Naturalmente, acabó entre ovaciones, obligada a un segundo bis que terminó el concierto como debía de ser: con una siniestra nana digna del hijo del maligno.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Clef two-factor authentication